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martes, 10 de julio de 2012

De calores, carros y carretas...


No puedo. Tengo varios posts empezados, pero soy incapaz de sentarme delante del ordenador de casa para terminarlos. Es una tarea imposible. Y es porque no puedo con mi alma, principalmente. Apenas logro hacer lo mínimo imprescindible para no fenecer por inanición o deshidratación.  La culpa la tiene el verano. Esta mañana he escuchado en la radio que va a hacer un verano de mucho calor. Tiene gracia. No recuerdo yo haber vivido jamás un verano en que hiciera frío. Desde luego, ¿de verdad alguien cobra por decir algo así? Dinero, digo, porque tortas, sí que debería cobrar...

Lo que pasa es que yo estoy muy mal acostumbrada: si voy en coche, pongo el aire acondicionado, en la oficina casi que paso frío y en casa no hace mucho calor. Así que cuando tengo que salir alguna tarde a la calle por lo que sea, creo que me voy a morir. Ahora sé por qué dicen lo de la “bofetada” de calor. Es verdad que te da bofetada, pero vamos, una bofetada global, por todo el cuerpo. Maldita globalización….

Ayer no tuve más remedio que salir a la calle para hacer una de las tareas domésticas más tontas y con las que se pierde más tiempo del mundo: la compra de comida. La verdad es que no podía pasar por otro punto. Y cada vez odio más tener que hacerlo. Menos mal que ahora mi amigo Antonio ha resuelto en parte ese problema con la creación de una empresa que te hace la compra y te la lleva a casa. Y es genial. Pero siempre están las cosillas esas que te faltan y que nadie te las trae: la fruta, la verdura, la carne, las viandas de última hora…

Problemo, problemo...
Total que me cogí mis once ovejas, mis dos gemelas en su carrito y mis bolsas y encaminé mis pasos al súper que está cruzando el río. Bueno, antes, como siempre, tenía que bajar a la calle.

Ya os he hablado de la maravilla de ascensor que tengo en el bloque. O la maravilla de carrito que tengo yo... no lo sé... El caso es que tal y como muestra la foto... a ver señores ingenieros, ¿cómo leches hago para meter el carro en el ascensorrrr????? ¿De verdad que a nadie se le a ocurrido hacer un carro que quepa por una puerta de 72 centímetros??? ¿O una puerta de más de 74?? ¡¡Por Dios señoressssss, (porque tienen que ser hombres, de eso estoy segura), por Diosssssss, que ya estamos en el 2012!!!!! ¿¿No se les da a ustedes nada que mis chiquiturras tengan que ir estrujadas mientras bajamos o subimos??? Que a lo peor por eso son chiquiturras, por el despachurramiento extremo al que son sometidas todos los días varias veces... 
Las pobres despachurradas...

Después de estos y otros obstáculos normales de siempre, llego al súper, que por cierto, no he visto un supermercado más incómodo para comprar con un carro de gemelas… ¡¡¡Otras mentes pensantes!!!! ¡¡¡¡Señores, (estos que han diseñado el súper seguro que también son hombres, y pondría mi mano en el fuego de que además, no tienen niños) que no quepo por los pasillos!!!! ¡¡que tengo que recular cuando viene alguien de frente!!!!  Y encima, con la cesta de la compra enganchada en el manillar del carro, a modo de remolque: para subir nota. Que me tenían que convalidar ya el carné de camión con remolque.  ¿Y lo de meterse en el ascensor del súper para bajar a la planta inferior (claro, no va a ser la superior), y dar una vuelta de 360º con el carro y  el remolque dentro???? ¡¡Bueno, bueno, eso ya, ni os digo!!  Y luego me pregunto yo que cómo me hago tantos moretones en las piernas… ¡¡pues no maldigo yo veces al que inventó las cestas estas y la altura que tienen!!! ¡¡Justo tengo que darme siempre en las espinillas. ¡¡¡Con lo que duele!!!

Lo único bueno de todo es que las niñas son benditas y no dicen ni pío y aguantan como jabatas a pesar de lo lenta que voy yo. Aunque en realidad sospecho que disfrutan viendo las maniobras que tengo que hacer para pasar por todos los pasillos sin llevarme nada (o nadie) por delante.

Y así, como siempre, lo que iba a ser “comprar tres cosillas” se convierte en “comprar dos bolsones llenos”. Todo colgado de las asas, of course. Cualquier día se me descuajaringa el carro en mitad de la calle. ¡¡No quiero ni pensarlo!!! 

La primera rampa...
Salgo del súper y me encamino hacia mi dulce hogar. Desde el puente veo la calle que tengo que subir, que es un falso llano. Y yo ya voy con la lengua afuera. ¡¡Y con este calor...!! Giro en mi calle y al fondo veo la rampita de minusválidos de mi portal. Debe de tener como 4 metros de largo por 1,20 de altura, creo yo, así a grosso modo.  Y tengo que dar dos giros de 90º en ella. ¡¡¡Tooooma ya!!!  Otra mente pensante, el que la diseñó. Este aparte de ser hombre y sin hijos, era estéril (jijijiji).


Me mentalizo a mí misma, inspiro profundamente,  y tomo un poco de carrerilla para subir. Me arrepiento al instante de llevar tacones: ir guapa y de compras con el carrito no es compatible, está claro. Por suerte, la suela de los zapatos es de goma y agarran bien, lo que me ayuda a coronar la cima con éxito.  ¡¡Uffffffff!!! Ya voy muerta. Ahora a entrar en el portal. ¿no sale nadie que me sostenga la puerta??? ¡¡Claro, quién va a salir con estos calores!!!  Total, que cierro un poco el carrito para que pueda pasar por el quicio, y me meto, no sin que se me engachen veinte veces alguna de las cuatro ruedas en el marco.  (Otra retaíla de maldiciones al que diseño la puerta del portal). Sigo andando con las ruedas traseras solamente, con el carro hacia atrás, porque está a medio cerrar, y me dispongo a abordar la siguiente cuestecita que me llevará al ascensor. ¡¡¡Esta sí que me gusta!!! No sé por qué, pero aunque es más corta que la anterior, ¡¡¡esta rampa es maldita!!! ¡¡Me cuesta horrores subirla!!! 

La segunda rampa...
Hago lo mismo: cojo un poco de carrerilla y me lanzo. ¡¡¡Y….y… y me quedo a 15 centímetros del final!!!  ¡¡Ahí clavada, ni para delante, ni para atrás!!! No puedo con el carro, no puedo dar un paso más, pesa demasiado, se me están escurriendo los zapatos… pero no quiero dar mi brazo a torcer, no quiero ir para atrás, porque además, temo que con los kilos que lleva y la cuesta abajo me haga daño.
Miro hacia la puerta, suplicando que entre alguien en ese momento, en ese preciso momento, que me ayude, ¡¡¡que me dé un empujón en el culo o lo que sea!!!  Pero no entra nadie. Claro, ¿¿quién  va a entrar con estos calores???

Así que solo estamos mis brazos y mis piernas, que flaquean, y mi fortaleza mental, que no quiere que un puñetero carrito y una mini rampa me venzan.  Así que inspiro profundamente y hago un último mega esfuerzo y  por fin logro llevar el carro a la cumbre. ¡¡¡¡Biennnn!!!  No me lo creo, la verdad… Pero estoy destrozaíca viva.  

Lo cierto es que podía haber quitado las bolsas del carro y todo me habría sido mucho más fácil, pero yo soy así. Y ahora resulta que las tengo que quitar para meterme en el ascensor. ¡¡Aypordios, de verdad, qué ganicas tengo de quitarme de la vista este carro que tanto cohíbe mi personalidad!!!

Llego a casa como si hubiera corrido los mil quinientos metros obstáculos. ¡¡¡Lo que me faltaba a mí hacer con este calor, tanto esfuerzo!!! Lo primero que hago es beberme un litro de agua y sacar a las peques del carrito.

Y con el corazón todavía en la boca, calculo mentalmente el pico que me ahorro yo todos los meses en gimnasios. ¡¡Ay, el que no se consuela, es porque no quiere!!!


lunes, 28 de mayo de 2012

Esas felices tardes...




Ya ha llegado, ya está aquí, de nuevo, como cada año…

Sí, la primavera, y con ella, las tardes a solas con los niños. ¡¡Qué ilusión más grande!!! Y todas las tardes me pregunto lo mismo, como unas doscientas millones de veces (en solo cuatro horas): “¿cómo fue, por qué y cuándo decidí yo tener a mis niños?” Sí…. Les quiero mucho, es verdad, por supuestísimo, no los cambiaba por nada ni por  nadie… (Bueno… ejemmmm… por un par de  horillas de siesta, quizásssss???) Pero es muuuuuuuuy duro, síiiiiiiiii, ya sé que es la historia de siempre, lo que dicen todos los padres, la tan manida frase, ya… el caso es que es verdad, se exagera al decirlo… por lo bajo!!! ¡¡¡En realidad es muuuuuuuuuuuuuuuucho más duro!!!

Por las mañanas, suena el despertador a las 7 menos veinte, me levanto a las 7 menos diez, con suerte… me ducho, me visto, me pinto y me voy al trabajo. Vale. Hasta ahí bien, si obviamos el sueeeeeeeeño… Ahora queda pasar 7 horas y media del tirón, en la oficina. Y en eso estás, en plena actividad, hablando con una chica de unos grandes almacenes porque le duele la mano de hacer pinza al ponerle las perchas a las cosas, cuando te llama tu marido de pronto: “Que me ha dicho la seño de Juangui que es muy pegón”… “Ahhhhhh  - le respondo - ¿¿Y qué quieres que haga yo ahora mismo??? ¿¿¿ voy ahora y le regaño al  niño o qué???” “No, solo para que lo sepas!” “Bueno, vale, gracias por la información…” Cuelgas y le sigues preguntando a la chica “Perdona…y…¿Cuántas tortas decías que pegas al día???”

Más tarde estás hablando por teléfono con un empresario sobre el tema de las bonificaciones por no tener accidentes de trabajo y en eso que ves cómo el móvil vibra porque acaba de llegarte un whatsapp y, claro, no te puedes resistir a mirarlo, porque, piensas, puede ser algo urgente (de todos es sabido que las cosas graves y urgentes siempre se dicen por el whatsapp, nunca por la línea normal del teléfono). Lo abro mientras sigo hablando con el hombre y resulta que es de la niñera: “¿con qué meto la “corcha” de tu cama en la lavadora, con blanco o con color?”, y entonces vas y le preguntas al empresario, con el que sigues manteniendo la conversación a la vez: “¿de qué color me ha dicho que es su empresa?”.

Ya más avanzado el día, mientras redactas un informe de riesgo durante el embarazo, te acuerdas de pronto de que tenías que pedir cita con el pediatra, (asociación de ideas, que se llama), y que tienes, además, que pedir presupuestos para que te pongan unos toldos y que ya toca hacer la renta, (asociación de ideas de mentes retorcidas, que se llama también) y te propones hacerlo por la tarde, con la esperanza vana de tener luego un minuto para hacer eso, y lo que es más difícil todavía, acordarte de hacerlo, y sabiendo que lo mismo, exactamente lo mismo, lo pensaste también ayer, antes de ayer, ante-antes de ayer, el otro, y el otro… y con pena admites que seguramente pasará otro mes y no lo habrás hecho, porque no te puedes parar a hacerlo ni ahora, por la mañana, ni luego por la tarde…

Y así, entre unas cosas y otras por fin consigues que den las tres de la tarde y te puedes ir a casa…¡¡¡qué ilusión!!!¡¡¡Aijó, aijó, a casa a descansar, lará lará, lará lará, aijó, aijóooo!!!

Te metes en el coche, pones la radio a toda potencia y emprendes la marcha hacia tu casa a voz en cuello, que para eso tienes el aire acondicionado: para poder llevar los cristales bien subidos y poder cantar a gusto sin que nadie se te quede mirando. Y conforme vas acercándote a tu domicilio conyugal, no sabes por qué pero se te va acabando el fuelle y la alegría…y parece que al coche también… y llegas a la última rotonda (la del helicóptero), que te adelanta hasta el “once”, y eso que va pisando huevos… y es que, inconscientemente, has reducido tu velocidad de tal manera que si la reduces un poco más ya vas para atrás, porque sabes que lo que te espera en casa es, de primeras, mucho estrés, y de segundas, más estrés todavía… y pones el aire todavía más fuerte, a 16º  (ay que ver, que no enfría nada el coche) y se te caen unos chorreones de sudor por la frente que ni Induráin subiendo el Tourmalet, y de pronto se te quita el agujero de hambre que tenías en el estómago y te empieza a temblar tanto el pulso que vas a cambiar de emisora y pones los intermitentes a la vez… El caso es que tardas lo mismo en llegar desde Almanjáyar al helicóptero que desde el helicóptero a casa. Total, si solo he dejado paso en los últimos cuatro pasos de cebra a todos los que veía a 50 metros a la redonda… total!!… Y no es que haya ido detrás de esa bici todo el rato, es que ella iba a mi paso, yo qué le hago??? 

Sin poderlo remediar, llego a la cochera y subo a casa. ¡¡¡¡AY!!! Ya desde que voy en el ascensor escucho gritos de niños (no serán los míos). Noooooo, qué vaaaaaa!!! Son los de Rita… ¡¡¡Aypordiosssssss!!!
Abro la puerta y, efectivamente… vamos, qué drama!!! Lo de “Macbeth” es una sit-comedy al lado de lo que allí está pasando!!! Que si uno no quiere comer, que si la otra tampoco, que si las pequeñas no quieren dormir… Inspiro profundamente e intento poner orden. Al cabo de media hora ya los tengo dominados y durmiendo la siesta. Despido a la niñera y me dispongo a prepararme la comida. En una bandeja, que quiero sentarme delante de la tele y ver algo que me evada. Lo que sea pero que no tenga yo que pensar en nada. Empiezo a pasar canales y termino, cómo no, poniendo Vaugham Radio, que como no entiendo ni jota, es ideal… Y me estoy metiendo el primer bocado de mi exquisito filete con salsa en la boca cuando escucho un alarido descomunal que me corta el riego sanguíneo. “¡No puede ser!!!” pienso. Pues sí… sí es: según una teoría que tengo, parecida a la Ley de Murphy, si por un microsegundo te ha parecido escuchar a tu bebé llorando, ES!! Y dudo entre ir a por la niña ya de ya, o dejarla a ver si se duerme otra vez…y por enésima vez me equivoco, y voy demasiado tarde a por ella, cuando ya ha despertado a todos sus hermanos. Y entonces sí que me entran los sudores de la muerte y un temblor que ya no sabría decir si es de hambre o de impotencia… o de las dos cosas a la vez… y pienso que ojalá estuviera aquí la Súper Nanny para que me cuidaran los niños entre ella y el cámara, manque fuera, mientras yo me dormía una siesta… y mi mente empieza a pensar qué hacer ahora, que son las 4 y media de la tarde y no puedo ir a ningún sitio… y lo único que se me ocurre es decirle a los niños “¿queréis jugar a pintarnos la cara??”
No hay cosa que unifique más a cuatro niños de diferentes edades que el salvajismo, creo yo, así que les dejo hacer…


                       

                                     



                                  






JULIA PINTANDO A BEA


Y luego, que les limpie la cara su padre…

 (Has escuchado "Escenas de Niños - Ensoñaciones" de Robert Schumann).